Jesús Campos García jcampos
   
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A ciegas
(Auto sacro de realismo inverosímil, o de la irrealidad verosímil)


 
 
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A ciegas. Programa de su representación en 1997
en el Festival de Otoño de Madrid (Sala Eiffel del Museo del Ferrocarril)

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Texto del programa de mano:

Puedo concebir que alguien escriba una obra como esta -yo mismo lo he hecho-; ahora, lo que no me cabe en la cabeza es que, además, pretenda estrenarla, y no digamos, que lo consiga. De ahí mi sorpresa cuando supe que la habían programado en el Festival.

Lo sensato hubiera sido huir. O, al menos, proponer un texto menos suicida; pero se impuso el vértigo: a más riesgo, más excitación. (Ya me gustaría a mí ser de otro modo). Tengo funciones menos complejas y bastante más luminosas, con cuyo estreno -después de siete años de "guadianear"- hubiera tenido una rentrée algo más discreta; pero ¿quién quiere discreción? A nuestro teatro le sobra comedimiento. Y si bien nada me gustaría tanto como lograr la justeza, en aventuras teatrales, si he de errar, que sea por exceso y no por poquedad.

Quede claro, eso sí, que en ningún momento me movió el deseo de epatar, sino que fue la vida, y mi mala cabeza, lo que me llevó a esta situación. Andaba yo empecinado en no volver a escribir teatro cuando, en el lícito desahogo de engañarme a mí mismo, me puse a pergeñar un guion de radio. La puta costumbre de no poder desarrolar un conflicto sin tener claro el espacio en el que se produce fue el pie forzado que impuso la oscuridad, única escenografía que me era posible enviar por las ondas.

Fue apagar la luz y, amparadas en la negrura, ocurrencias que jamás hubieran osado exhibirse en público se atrevieron a enredar sin reparar en su inconveniencia. Y fue así como peripecias dignas del peor cine español o del peor cine americano se codearon con exquisiteces del mal llamado teatro del absurdo, todo ello amalgamado con la complicidad de don Pedro Calderón de la Barca, de quien me barrunto no debió de andar lejos durante el desaguisado. Qué gozada escribir a oscuras.

Ya me las prometía tan felices, amparado en la impunidad de las ondas hertzianas, cuando, ¡maldición!, descubrí que aquello era una obra de teatro; rarita, pero de teatro. El engendro argumental, según tomaba cuerpo, se revolvía con pretensiones de auto sacro (algo panteísta y agnóstico, mas a la postre sacro), y demandaba su derecho a ser no visto en escena, requería la presencia de una negrura visual y no retransmitida; en definitiva, exigía su carnalización, los goces de la fisicidad.

Llegado a este punto, qué hacer, pobre de mí, sino seguir gozando con la puesta en escena. Manos a la obra; para tal fin, era necesario enrolar marineros dispuestos a semejante travesía. Por fortuna, puedo dar fe de que quienes me acompañaron durante la singladura disfrutan igualmente atreviéndose por aguas tan tenebrosas. Ahora falta saber si también a ustedes les divirtió el juego (nada lamentaría más que haberles enemistado con el teatro), pues de eso se trata, de reírnos un poco de nuestra trascendencia, o de trascender poniéndonos en risas, que para el caso...

¡Ah!, y si les queda algún cabo suelto, no le den demasiada importancia. Enredar con los misterios tiene esas limitaciones, como solo se les puede saborerar a pequeños sorbos...

Además, pretender la comprensión plena suele acarrear graves complicaciones a quienes lo intentan, que no hay peor dolencia que la indigestión de empanada metafísica. Y aquí, en confianza, por si les tranquiliza, les diré que después de darle muchas vueltas, tampoco yo lo tengo del todo claro; es más, como habrán podido comprobar, aún lo tengo bastante oscuro.

(Jesús Campos García).