Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Centenario feliz


 

 

 

 

 

 

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Publicado en: Las Puertas del Drama, núm. –1 (Verano 1999), pág. 3. (Monográfico sobre el centenario de la Sociedad General de Autores y Editores)
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Al socaire del centenario de la SGAE, cabría preguntarse: ¿Hay autores? Porque si no los hay, ¿cómo es que se recaudan tantos tropecientos miles de millones por sus derechos? El planteamiento es tramposo, porque todos sabemos que tan ingente negocio tiene su origen en autorías diversas: mucha discografía, televisión, conciertos, bastante cine, e incluso algún teatro; si bien aquí habría que distinguir entre adaptadores, traductores y autores dramáticos genuinos (los menos), como los que fundaron la Sociedad.

¿No hay autores? ¿Sí hay autores? Menudo debate. ¿Cabe discusión más pedestre? Pues aun así, hubo que entrar al trapo. De hecho, uno de los objetivos fundacionales de esta asociación fue el de dar respuesta a la opinión intencionadamente extendida de que no había autores, dándose la paradoja de que los que no existíamos tuvimos que unirnos para existir. Jamás entendí cómo personas inteligentes y de incuestionable prestigio pudieron dar pábulo a este anatema que tan gravemente traumatizaba nuestro teatro, al amputarle uno de sus componentes esenciales.

Mas de querer entenderlo todo, la vida me ha ido llevando a estar dispuesto a entenderlo todo (que aunque pueda parecer lo mismo, nada tiene que ver). Y en esta segunda disposición, yo podría entender que un empresario, un director de escena, un intérprete o un programador, a la hora de poner en marcha un proyecto, optara por un clásico o por un éxito internacional antes que correr el riesgo de estrenar un autor español contemporáneo, sobre todo si lo hacen con su dinero, menos ya si lo financian con dinero público, y de ningún modo si se realiza al abrigo de los teatros institucionales (a excepción, claro está, de los que, como el Clásico, han sido creados para ese fin). La aventura teatral es tan precaria que, hechas las salvedades anteriores, no se puede por menos que ser comprensivo con quienes se lanzan a la piscina con flotador.

Otra cuestión, ya, es que para justificar esta falta de valentía, los que sistemáticamente apuestan a lo que ellos consideran caballo ganador, después de no habernos leído aseguran que no hay autores.

Otra cuestión, ya, es que para justificar esta falta de valentía, los que sistemáticamente apuestan a lo que ellos consideran caballo ganador, después de no habernos leído aseguran que no hay autores. Las descalificaciones globales dicen muy poco a favor de quienes descalifican, mas no es mi intención aquí descalificar a los descalificadores, sino más bien ofrecer una reflexión sobre este debate artificialmente alentado al abrigo de intereses casi siempre económicos, en otro tiempo políticos y en no pocas ocasiones de prestigio. La realidad de nuestro teatro es tan diversa como diverso es cualquier colectivo de cualquier sociedad. Así, entre los genios y los ineptos existe una amplia gama de grises que son, al margen de las excepciones extremas, los que constituyen el grueso de nuestros gremios. Y esto es válido no solo para los autores, sino también para los directores, intérpretes, escenógrafos, empresarios, críticos, etc.

Ya en el 68 decía Pérez Dann (uno de nuestros compañeros a los que se le escatimó la existencia):

Machaconamente se repite que estamos bien de directores y escenógrafos, pero que seguimos sin autores. Como si una malhadada división de funciones hubiera encomendado a los listos dirigir, interpretar o hacer la crítica y a los tontos escribir las obras. ¿Es que el director y el crítico no están tan limitados por su momento histórico como el autor? ¿A quién beneficia ese bulo? (1) .

La pregunta sigue en pie, y aunque la respuesta está en la mente de todos, mejor no menealla ahora que las aguas van volviendo a sus  cauces, por más que los que en el pasado se beneficiaron del río revuelto se empeñen una y otra vez en mantener vivo tan pobre debate. Y es entendible. Fue su momento glorioso y es lógico que sientan añoranza. Claro que si lo que necesitan es un revival, mejor que canten "Angelitos negros". No obstante, y aunque obviada la respuesta, no conviene pasar por alto otra cuestión, y a mi vez me pregunto: ¿cómo fue posible que perdiéramos una campaña de imagen precisamente el colectivo que disponía de mayores recursos y mejor organización para contrarrestar esta agresión? ¿Cómo la SGAE no defendió al colectivo de autores? ¿Cómo no salió al paso de aquella campaña de descrédito?

Y vaya esta pregunta, con toda la incomodidad que conlleva suscitar una crítica, como regalo de aniversario que, puedo asegurar, no está en mi ánimo entregar envenenado. Trato de celebrar hablando claro, que es lo menos que podemos ofrecer los que nos dedicamos a este oficio. Y en ese mismo ánimo, he de añadir de inmediato que si la SGAE no hizo nada en su momento, fue tanto culpa suya por no hacerlo como nuestra por no exigírselo. Mas no es mi intención enredarme en el pasado, sino trabajar para el futuro. Y desde esa responsabilidad compartida, que todos debemos asumir, convendría abordar con decisión el empeño de que los textos de autores españoles se representen tanto en nuestros escenarios como en el extranjero. Es lo que con rotundo éxito ha conseguido la SGAE, a través de su Fundación Autor, para nuestra música, y es de desear que un esfuerzo similar se haga en pro de nuestro teatro.

En ese empeño, que es el de todos, aunaremos nuestro soplo para apagar las velas del pasado y cantar "Centenario feliz".

(1) Carlos Pérez Dann, "Encuesta sobre la situación del teatro en España", Primer Acto, 100-101 (noviembre-diciembre 1968), p. 61.

 

Jesús Campos García



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