Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Publicado en: Las Puertas del Drama, núm. 3 (Verano 2000), pág. 3. (Monográfico:
Reflexiones en torno a la dramaturgia latinoamericana actual).

 

Que el arte es universal y eterno, es una falacia tras la que se oculta el deseo de someterlo a normas, de imponer modelos, de establecer escalas de valores para así arbitrar, controlar, en definitiva: desactivar su capacidad transgresora. Algo más universal y eterna (universal y eterno no lo es nada) es la condición humana; de ahí que la obra de arte mantenga distintos niveles de eficacia, pese a que la distancia y el tiempo alejen la realidad del creador de la realidad de aquellos que la reciben en distinta época o lugar.

Y es que el signo que se inventa para expresar aquello que los lenguajes cotidianos no alcanzan a comunicar se sustenta en experiencias, en evocaciones, en memorias comunes. De ahí que ignorar que cada sociedad, desde su cotidianidad, genera matices que difícilmente pueden ser sentidos con idéntica significación desde realidades distintas, es ponerse a favor de quienes propugnan el arte único como antesala de un mundo único con bandera única, con religión única, con pensamiento único y, cómo no, con economía única.

Otra cuestión ya es que, pese a lo dicho, surja la obra venida de otra galaxia que te impacta y hace añicos lo expuesto anteriormente; de forma que, aunque no exista una correspondencia exacta entre lo que la obra pretende transmitir y lo que de ella se proyecta en nosotros, esto no impide que su capacidad de emocionarnos –y por ende, de generar conocimiento– sea en ocasiones superior a la de aquellas otras en las que, de entrada, la correspondencia de significados juega a favor.

Dicho lo cual, mejor no teorizar al respecto, pues a poco que se teorice, y no es poco lo que se teoriza, siempre habrá una obra que rompa la norma; no en balde nuestro oficio es el de crear la excepción.

Y todo esto traído a colación y como preámbulo de un lugar común: el tan cacareado hermanamiento de sociedades muy distintas, aunque muy vinculadas, como lo son las que hablamos español o castellano (úsese según convenga), las cuales, al compartir este instrumento básico de la comunicación, tenemos, de partida, un gran trecho ganado en la tarea del mutuo entendimiento, si bien el asunto ha sido ya tan manoseado para fines tan diversos, y no siempre nobles, que hace preciso ponerse guantes ante de entrar en harina.

El carácter local y temporal de la obra de arte debe gravitar sobre todo intento de convertirla en mercancía exportable.

Con inevitable tufillo a vanagloria oficial, estas cuestiones suelen acometerse de forma fulgurante, invocando como argumentos a “la madre patria”, a “las naciones hermanas” o al “mundo hispano”, términos que se acuñaron a partir de la grandilocuencia de nuestros próceres, mas la tan cacareada nominación no tiene por qué invalidar en lo más mínimo el complejo entramado de vinculaciones de todo tipo que se fueron estableciendo a lo largo de los siglos. Así, desde aquel hecho fortuito que celebramos como el Descubrimiento, son muchas las idas y venidas que gentes de muy distinta condición sufrieron y aún sufren para huir de la penuria o la represión en busca de la fortuna y la libertad; que aquella emigración (siempre destierro) constante en un sentido en los primeros siglos, refluye ahora y en las últimas décadas en sentido contrario, con idénticas motivaciones y, por tanto, con idéntica desesperanza. Pues bien, así, y no con discursos retóricos, es como se fraguó y se fragua nuestra memoria común.

Con tan amplio bagaje de sufrimiento compartido, no sólo el idioma, sino otros muchos resortes de motivaciones más oscuras, nos convierten en una comunidad de comunidades con capacidad de generar un ámbito de comunicación creativa que nos es común. Dicho esto sin el más mínimo triunfalismo, y sin que de ello se derive ningún propósito ni objetivo alguno. El carácter local y temporal de la obra de arte debe gravitar sobre todo intento de convertirla en mercancía exportable, mas no por eso hemos de renunciar a los cauces abiertos a fuerza de desarraigo. Disfrutemos, pues, de esa capacidad de entendernos, de emocionarnos con lo que nos atañe por igual, en la medida que tal comunicación se produzca de forma natural, pues de otro modo acabaríamos cayendo en las trampas del mercado, con sus millones de consumidores hispanoparlantes, cuando el verdadero lugar de encuentro, por muy multitudinario que ésta sea, es la sintonía de intimidades.

 

Jesús Campos García



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